¿Por qué sobrevivieron las plantas al accidente de Chernóbil?

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Vía La Voz de Michoacán

Nuestro compañero José de Toledo lo contaba hace apenas unos meses, Chernóbil, el desolado rincón de Ucrania que pocos puede visitar después del accidente nuclear de 1986 parece rebosar de vida. Los animales salvajes han regresado, y a pesar de los altos niveles de radiación dentro de la zona de exclusión (30 kilómetros alrededor del sarcófago) la vida en general parece prosperar.

Aspecto actual de un campamento infantil abandonado en Chernobyl. (Imagen creative commons vista en flickr. Crédito: Jorge Franganillo).

Pero hoy no quiero hablaros de los osos, jabalíes o lobos, sino de otros seres vivos que no tuvieron la oportunidad de huir. Se quedaron allí a la fuerza, pero eso parece haber sido también parte de la estrategia que les permitió sobrevivir. Hablamos de las plantas, que nunca llegaron a esfumarse del todo y que apenas tres años después del accidente comenzaron a dar muestras de recuperación.

¿Cómo es posible que sobrevivieran a dosis de radiación capaces de matar varias veces a cualquier animal? La respuesta a esta incógnita tiene que ver con las diferencias fundamentales entre los organismos del reino vegetal y los del reino animal. Cuando las partículas de alta energía que emite el material nuclear alcanzan una célula, destrozan sus estructuras internas o producen reacciones químicas que atacan a la maquinaria celular.

A las células de las plantas les da un poco igual si pierden alguna estructura interna, porque pueden remplazarla. Otra cosa es lo que pase con su material genético. Las dosis altas destruyen el ADN, lo cual mata a la célula rápidamente.

Cuando las dosis son bajas, el ADN de la célula muta convirtiéndola en cancerosa. En animales, cuando esto sucede y la célula comienza a reproducirse descontroladamente, el cáncer acaba por matar al organismo debido a la metástasis, que se da cuando el tumor se expande a otras partes del cuerpo. Esto es así porque los animales, entre los que nos encontramos, han evolucionado de modo que cada célula se ha especializado para una función concreta. Somos poco o nada flexibles, para que podamos vivir nuestras neuronas, leucocitos, células cardíacas, hepáticas, renales, etc. deben trabajar en cooperación.

Las plantas en cambio son mucho más adaptables. No poder huir de los lugares les ha enseñado a ser flexibles. Además, no tienen estructuras definidas. Dependiendo de las condiciones del lugar en el que germine y de los recursos disponibles, pueden optar por hacer sus raíces más profundas, o a desarrollar tallos más o menos altos. Así mismo, las células de las plantas son capaces de crear cualquier tipo de células que sean necesarias. De ahí que puedas cortar un esqueje con raíz y plantarlo, de ese pequeño brote verás surgir una planta completa.

Punto caliente de radiación en el bosque rojo de Chernobyl. (Imagen creative commons. Crédito imagen: Jorge Franganillo).

Por si fuera poco, hay que añadir que las plantas no sufren metástasis. Cuando una desarrolla un tumor, la planta se las apaña para crecer a su alrededor. Esto es posible en parte, gracias a las rígidas paredes que rodean las células. Se cree que esta estrategia pudo surgir en el principio de los tiempos de la vida en la Tierra. Hace miles de millones de años los niveles de radiación natural en nuestro mundo primigenio eran mucho mayores. Puede que en aquel pasado remoto las plantas desarrollaran algún mecanismo de defensa contra la radiación del que ahora se aprovechan en Chernóbil.

Eso explicaría que la vida vegetal esté prosperando ahora alrededor del reactor fundido, y que la masa vegetal sea ahora mucho mayor que antes del accidente. No me malinterpretéis, la radiación existe y daña a las plantas, probablemente reduciendo notablemente su ciclo de vida a nivel individual. Sin embargo el total de las especies que allí prosperan, muestran ahora – en conjunto – un dosel exuberante, lo que parece indicar que la actividad humana antes del accidente era para ellas más incapacitante que la actual radiación.

En cierto modo, Chernobyl es una lección magistral sobre el verdadero alcance de nuestra capacidad de destrucción medioambiental. Con todo lo terrible que fue el accidente (como bien podemos contemplar ahora gracias a la popular serie homónima para televisión) es como si a la naturaleza alrededor de Chernobyl, la contaminación radiactiva de ahora le pareciese menos intimidante que la actividad humana del pasado.

Ahora que nos hemos ido, la naturaleza parece haber desarrollado técnicas para regresar.

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